lunes, 27 de febrero de 2017

Las Muñecas

Se encontraba en una estancia repleta de libros de todas clases: nuevos, antiguos, científicos, novelas, enciclopedias, de texto, de bolsillo…en el centro un gran escritorio en el que se hallaba una mujer, solo la tenue luz de una vieja lámpara alumbraba el papel sobre el que la mujer escribía despacio.

15 de Enero de 1990

Pequeñas fracciones de luz de la luna entraban por las rejillas de la celosía, alumbrando así mi pequeña habitación, que se hallaba en el silencio de la noche. Yo yacía placidamente durmiendo en mi cama, en frente de mi, la estantería donde guardaba todas mi muñecas, se erguía, había puesto tras los grandes muñecos y peluches, las odiosas muñecas de porcelana que mi madre me había regalado con entusiasmo por mi cumpleaños. Yo por mi parte las odiaba y por este motivo siempre las escondía tras mis otros muñecos. Cuando la luz del sol ya alumbraba casi por completo la habitación me desperté, eran las once, recogí mis lentes de la mesita de noche, me las puse y mire hacia la estantería, para mi sorpresa la muñecas de porcelana no estaban, me levante entonces un tanto extrañada, ¿dónde estarían? me preguntaba mientras caminaba, frotándome los ojos, por el pasillo que conducía a la cocina, al entrar vi a mi madre. Mi madre una mujer adulta, que siempre había sentido un especial interés por las muñecas de porcelana, pero que en su infancia nunca tuvo ninguna pues su familia no era muy adinerada, y estas muñecas valían mucho dinero por aquellos entonces. A pesar de eso había podido pagar unos estudios, y ahora trabajaba en una pequeña oficina de la ciudad. Mi padre por otra parte trabajaba de guardia forestal en la sierra cercana a nuestra casa. Junto a mi madre, estaba desayunando mi hermano mayor, Alberto, que tenia solo dos años más que yo.
-Mamá, ¿por qué no están las muñecas de porcelana en mi estantería? –Le pregunte a mi madre.
-Dejaste la ventana abierta ¿verdad? –Dijo entonces mi hermano Alberto- Es que no sabes que esas muñecas son mágicas, cobran vida con la luna llena. -He de reconocer que en ese momento la mentira de mi hermano me había engañado, pues anoche había luna llena y deje entre abierta la ventana.
-Alberto no engañes a tu hermana,-intervino entonces mi madre poniéndome el desayuno en la mesa- Rebeca las muñecas las he cogido yo.-Aliviada, seguí preguntando.
-Pero mamá ¿por qué te las has llevado?
-Sé muy bien que esas muñecas no te gustaban y para que las tengas hay escondidas, se las doy a tu tía que las colecciona. –dijo mi madre un tanto triste por tener que deshacerse de las muñecas.
-Sí, es verdad- Conteste yo muy alegre pues ya me había desecho de esas odiosas muñecas de porcelana, sus ojos claros y abiertos siempre me habían causado temor, e intentaba esconderlas para que las muñecas no pudieran vigilarme, algunas noches me habían parecido haberlas visto delante de mí abriéndose paso por los otros muñecos y vigilándome desde la altura. Pero por fin me había librado de ellas.
Después del desayuno y como todos los sábados, mi madre nos dejaba a mí y a mi hermano en casa de nuestra tía Elvira. Vivía a las afueras de la comarca en una gran casa de los años veinte. Las rejas un poco oxidadas y el gran portón de hierro forjado, dejaban ver muy poco el interior de la residencia. Al llegar, mi madre aparco el coche, nos bajamos y mi madre toco la campana que se hallaba junto al buzón, de la columna izquierda. Al instante el portón se abrió gracias a un moderno mecanismo que tía Elvira había instalado, hace poco. Entramos en el patio delantero del chalet,  un camino de piedra con grandes rosales de rosas negras, nacían a los extremos del camino, ante nosotros una grande y antigua puerta de madera de nogal. Mi madre toco el timbre y una anciana de aspecto cansado abrió despacio la puerta, sin duda era mi tía Elvira. 
- Buenos días queridos, pasad, pasad…-dijo Elvira con una voz un tanto apacible, tenía el pelo canoso, y quedaban pocos rastros de esos cabellos rubios que poseía en su juventud, para sus setenta años era una anciana bastante fuerte en salud, puesto que estaba totalmente sana, no era muy alta y sus ojos era color aguamarina, y también tenía algunas arrugas de expresión.
El vestíbulo, era estrecho y no muy grande,  había un viejo mueble con una gran  espejo que a veces me daba hasta miedo pues a su alrededor tenia representadas extrañas figuras, también un gran jarrón chino, (que Elvira compró en uno de sus peculiares viajes por el mundo). Le dimos mi hermano y yo los abrigos y ella los colgó en un perchero del vestíbulo, y continuamos andando hacia el salón. Esa estancia era la más grande de aquella casa, a su derecha había unas grandes escaleras, de madera, en frente de los grandes y cómodos sofás color rojo oscuro, había una inmensa chimenea, con grandes adornos…uno de cada lugar el cual había visitado, me encantaba la casa de mi tía Elvira por este echo, toda su casa estaba repleta de raros instrumento, graciosos adornos aunque he de reconocer que muchos de ellos me aterraban por la noche. También había una mesita de cristal donde siempre tomábamos la merienda, y una mesita auxiliar a lado de unos de los sillones con una gran lámpara rusa. También había en el salón un gran piano de cola negro. A veces Elvira nos tocaba una de sus composiciones. Que tanto gustaba a mi hermano (ya que Elvira era su profesora de piano) el suelo del salón lo recubría una gran alfombra que compro en  su último viaje a palestina (hace 5 años). Las cortinas de aquella habitación eran color rojo oscuro de terciopelo. Dejamos las mochilas en un rincón y Alberto y yo nos sentamos, mi madre le dio la muñeca a  Elvira y se despidió dándonos un beso, después se marcho.
-¡Que bonita es esta muñeca! Será mejor que la guarde antes de nada. ¿Queréis algo de desayunar? –Nos pregunto Elvira.
-Ya hemos desayunado, gracias. –Dijo Alberto.
-Muy bien ahora vuelvo.
-¿Puedo practicar con el piano tía Elvira? -Le preguntó.
-Claro será un placer ver tus avances. -Dicho esto Elvira se fue a la segunda planta y Alberto se dirigió al piano para tocar.
-Has mejorado mucho. –Le dije a mi hermano cuando éste empezó a tocar.
-Sí.
Al bajar Elvira aplaudió a Alberto, y este de un salto se bajo de la silla del piano.
-Sí es verdad que has mejorado.
-Y bueno, ¿qué os apetece hacer hoy? –Preguntó Elvira.
-Yo quiero escuchar más música, tía.  –Comento Alberto.
-Sí, pero una más movida para que  podamos bailar. –Propuse yo.
Muy bien, a ver, a ver… – decía mientras se acercaba a un mueble del salón que estaba repleto de libros y abrió un cajón para sacar unas partituras. –Ya sé. Venga.
Y empezó a tocar un precioso vals que ya había escuchado anteriormente, y que a mi hermano y a mí nos gustaba bailar. Empezamos a bailar, ni muy bien, pero tampoco tan mal, pues desde siempre nos habían enseñado a bailar ese tipo de música. Aunque no era el que se llevaba en aquella época. Y así nos pasamos toda la  mañana, hasta que llego la hora de almorzar, entonces cuando el reloj de cuco anuncio las tres Elvira paro de tocar, y nos preparo la comida mientras nosotros poníamos la mesa, en el comedor. Esta estancia era mucho menor en tamaño que el salón, pero no por ello pequeña, tenía una larga mesa de madera, y un mueble con toda la cubertería, y grandes botellas de vino y licores de todas clases. Después de la riquísima comida, fueron la invernadero que Elvira tenia tras la casa, era hermoso, estaba llena de plantas tropicales y frecuentes en nuestro país, También tenía pequeñas fuentes que lo hacían refrescar. Allí juguetearon con algunas plantas, mientras comentaban las nuevas noticias en la familia. Hablando y hablando pasaron el rato hasta las seis, que volvieron al salón, para que Alberto leyera algún libro mientras Elvira hacia sus tareas en la casa, y mientras yo me disponía a dibujar.

Siempre que me quedaba en su casa me iba dormir a una habitación al lado de otra que Elvira siempre cerraba bajo llave, pero esta vez quería ver su interior, como ese día era el aniversario de mis padres, Alberto y yo nos quedamos a dormir en casa de Elvira, esta era una gran oportunidad para mi de ver el interior de aquella extraña habitación. Cuando la noche calló, y después de que Elvira me arropara y me diera el beso de buenas noches, nos bendijo y salio de mi habitación cojeaba un poco y andaba despacio, era una anciana con mucha vida que en su juventud había vivido miles de aventuras y que cada día que nos quedábamos en su casa nos contaba una historia, recuerdo débilmente una de las historias que nos contó a mi y a mi hermano, un día de lluvia.
- ¿Sabéis por qué llueve? –Preguntó un día lluvioso mientras Alberto y yo mirábamos por la ventana.  
-Claro es porque el agua condensada en las nubes explota y el agua se derrama sobre nosotros… -contesto Alberto.  
-No, eso es lo que nos hacen creer siempre. –Y Elvira empezó a contarnos una de sus historias.
« Un día mientras estaba en uno de mis viajes por el occidente, descubrí un gran secreto y era el porque llueve. Me hallaba en la gran sala del ministerio cuando vi que unos cuantos hombres andaban de acá para allá muy alterados y sin que me viesen por el jaleo me colé en una extraña habitación, estaba muy oscuro, pero en medio de la oscuridad una pequeña luz se hacía en una espacie de pequeño jarrón invertido, dentro de éste unas pequeñas gotas de agua resbalan en él. Entonces escuche que alguien se acercaba yo rápidamente me escondí en la oscuridad y otros dos hombres muy trajeados entraron con una pequeña luz verde, alumbraron al jarrón y lo levantaron. Uno de ellos decía en voz alta -hoy debe de llover en Londres, pues todo esta muy seco- y cogieron el jarrón, abrieron la ventan y esparcieron unas gotas, después el otro hombre dijo en voz baja –Londres- y las gotas volaron hacía Londres, al poco rato sobre asolo en esa ciudad una gran tormenta, ya que después escuche la noticia en mi vieja radio. Entonces comprendí que es así donde se dice cuando y donde debe llover ».
Yo alucinada por la historia aplaudí a Elvira. Después de ese bonito recuerdo me levante despacio de mi cama. Mi habitación estaba totalmente decorada como los viejos cuartos de los años 20, salvo algunas de mis pertenecías que yo misma me había llevado, era una habitación muy sombría, en la cual siempre, (verano e invierno) hacía frío. Me dirigí hacía la puerta, y con sumo cuidado la abrí, crujió un poco al abrirse y despacio camine hacia la habitación.
La casa era un tanto lúgubre por la noche, los grandes objetos parecían figuras aterradoras y un mar de sombras impregnaba los largos pasillos. Al fondo se hallaba aquella puerta -como la abriría- pensé pero rápidamente me acorde que la llave siempre estaba guardada en una pequeña caja de colores estampados que Elvira guardaba en su alcoba. Así pues, continué primero hacia la habitación de ésta, abrí sigilosamente la puerta y me colé en su habitación, la anciana dormía placidamente y yo sin que ella notase mi presencia me moví hacia la cajita, la abrí y me fui como había llegado. Y otra vez llegue frente aquella y vieja puerta y con la llave la abrí, aquella habitación era asombrosamente aterradora. Estanterías y estanterías llenas de muñecas de porcelana de todas las clases posibles, yo que les tenia tanto susto me hallaba ahora en una habitación plagada de estas muñecas, con horror intente salir rápidamente de la habitación, ya que las muñecas parecían estar observándome,  pero sin querer tropecé y tire algunos de los muñecos que se hallaban en otra estantería que contenía otro muñecos pero que no eran de porcelana, estos al caer originaron un gran estrépito en el silencio de la noche, y Alberto y Elvira aparecieron de la oscuridad.
-No ve ¡te los has cargado!-Exclamo mi hermano.
-A sido sin querer lo siento yo solo quería ver lo que había en la habitación.
-¿no sabes que la curiosidad mato al gato? –Me preguntó Alberto y en ese momento empecé a llorar.
-Venga no a pasado nada. –Se le escucho a decir a Elvira -Pero debes de tener más cuidado si no quieres que estos muñecos se enfaden contigo.
-¿Enfadarse? -pregunte yo sin entender ni una palabra.
-Sí.  Os contare la historia pero después tendréis que ir a dormir.
«Cuenta una leyenda muy antigua, que unos muñecos, fueron maldecidos con la vida»
- ¿Maldecidos? ¿Pero no es así mejor? –Preguntó Alberto.
-Sí, maldecidos dejadme que continúe, y ya lo veréis.
« Maldecidos con la vida pues ellos nunca habían ansiado el vivir, ese deseo era rotundamente pedido por la otra clase de muñecos, las muñecas de porcelana, que encerradas en un cuerpo de muñeca de porcelana solo se limitaban a observar en enfurecidas la vida que ella tanto ansiaban. Pero cuando ellas se enteraron de que los otros muñecos habían sido obsequiados con la vida, ellas decidieron odiarlos por siempre y así los muñecos en vez de disfrutar la vida, siempre anduvieron amargados por la eterna lucha que tendrían con los otros muñecos de porcelana. Pero estás muñecas eran más listas de lo que parecían, ya que  una de las muñecas se rompió a posta para que juguetero tuviese que arreglarla, al hacerlo tuvo que usar otro material, y así también ella pudo gozar de vida, pero no la uso para eso si no para maldecir a los otros muñecos, los maldijo con una vida cruel, pues ella se propuso a hechizarlos para que las muñecas de porcelana pudiesen controlar la mente de los demás muñecos cuando estos tuvieran vida propia para hacerse con el control. Algunos muñecos luchan contra la maldición de está muñeca pero no todos pueden, por eso si haces daño a un muñeco  ellas se vengaran de ti, pero nadie a encontrado aún una solución para esto por eso yo las guardo con llave en esa habitación por que allí no pueden hacer nada, pero lo peor es que usan a los muñecos para que ellos sean los que hagan el mal y así, ellas gobernar los muñecos cuando nosotros los humanos destruyamos a todos los de más muñecos, ya que si tu ves que tu muñeco esta maldito lo normal es que te deshagas de el, pero claro no sabiendo que son las muñecas de porcelana las que son las verdaderas malhechoras  »
-¡OH! -Exclame yo al terminar mi tía la historia- ¿Pero entonces significa eso qué si aces daño a un muñeco este te lo ara a ti?
-Sí.
-Entonces ¿por qué no te desases de todas las muecas de porcelanas? –Le preguntó esta vez mi hermano. 
-Porque no son solo ellas…he dicho que no todos los muñecos se dejan llevar por ellas, había uno que no el cual era el mas maligno de todos,  y que al igual que las muñecas quería hacerse con todo, hacer el mal, a el no lo pueden controlar, para romper la maldición ahí que destruir ese muñeco. –Me contesto Elvira.
- ¿Y qué muñeco es? –Pregunte otra vez yo muy intrigada.
-No se sabe pero la leyenda decía que era un gran payaso.
-Ohh, un payaso que típico. – Dijo Alberto sin creerse la leyenda.
-Es solo una leyenda como ya he dicho. –Le dijo Elvira.
-Entonces ¿por qué encierras las muñecas? –Le volvió a preguntar Alberto.
-Porque las leyendas siempre tienen algo de verdad, si tu decides creerlas.
-Pues yo no, me voy  a dormir, aunque es una buena historia, tía. – y sonriendo se fue a su cuarto.

Después de que Elvira nos contara la historia me fui a dormir otra vez, pero después de un rato una sensación invadió mi cuerpo. Tenía los ojos fuertemente cerrados no quería abrirlos pues me aterrorizaba describir lo que vería si lo hacia me llene de valentía y los abrí, pegué un estruendoso grito, delante de mi, una figura grotesca: un gran muñeco, era un payaso, y estaba justamente delante de mi, el miedo me dejaba el cuerpo paralizado y el muñeco me miraba fijamente a los ojos, esa sensación, no podía describirla, tenia tanto pánico, me hallaba sola en la habitación con el muñeco, el corazón me latía tan fuertemente que creí que se me saldría del pecho, y él delante de mi se acerco aún mas, congelada del miedo cerré los ojos una vez más, pero notaba como la presencia del payaso estaba junto a mi, cada vez estaba más cerca, entonces pegué otro fuerte grito y me desperté. Estaba sola en mi oscura habitación, solté una carcajada nerviosa al ver que todo aquello había sido tan solo una pesadilla.

Cada vez los pasos se acercaban mas a donde yo estaba y cada vez mas mi respiración se agitaba esa sombra se hacía más grande conforme se acercaba a mi asustada solo podía escuchar en el silencio los pasos  y mi propia respiración y el corazón en mi pecho palpitando fuertemente, de pronto un gato negro maulló y la sombra apareció, no eras más que el gato, y los pasos eran los suyos que al andar hacían que crujiera la madera del desván multiplicando el ruido por tres, el gato salto hacia la ventana y sentado se quedo mirándome con los ojos abiertos, aliviada suspire y recupere el ritmo normal de mi respiración, sin mirar más al gato continúe mi paso.




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