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acía frío, mucho frío,
algo normal pues estábamos en vísperas de Nochebuena. Las calles estaban
impregnadas de esa magia y alegría que siempre bañan la navidad. A pesar de
todo, no sé, tenía una extraña sensación, “arg”
¡ya empezábamos con los malos presentimientos en estas fechas! Pero…realmente,
no podría explicarlo con palabra alguna.
Era
una tarde como cualquier otra, no había nada de especial, o…tal vez sí, si nos
fijamos en los pequeños detalles… ¿será qué estoy volviéndome loco? Intenté disipar aquellos pensamientos. Conecté la radio. Parecía que había
ocurrido un suceso algo fuera de lo
normal en un pueblo pequeño cerca de Sevilla,
no sé qué de un loco que se
había escapado o yo qué sé, apenas le presté atención. Estaba agobiado, ¿qué
coño pasaba? Me di una ducha caliente, tal vez eso funcionase mejor que la
radio.
Y exacto, me calmé un poco y bajé a la calle a cenar algo. Los pájaros
revoloteaban de una manera anormal, como el principio de una mala película de
suspense. Sentía como si todos murmurasen sobre algo, pero no quise preguntar,
en el fondo, temía que mis presentimientos fueran certeros.
A
la mañana siguiente, la ciudad se despertó como de costumbre, con ese aire
alegre navideño, esperaba que con el comienzo de otro día mis preocupaciones
desaparecieran. El cielo estaba un poco nublado, parecía que iba a llover,
“será mejor que eche el paraguas” pensé. Había algo en la atmósfera, un
ambiente raro entre la gente. ¡Vaya!, aquella sensación extraña me seguía
acompañando un día más. Pasé el día de aquí para allá como siempre, hice la
compra y me recosté en el sofá, finalmente me quedé dormido.
Sobresaltado
me desperté. ¡Mira qué hora es! Había quedado con mis amigos y ya llegaba
tarde, me puse la cazadora y me fui con prisa. Era bonito ver las calles
en aquella época del año, todo tan adornado, todo tan maravillosamente feliz,
aunque para ser un sábado, las calles del centro no estaban tan concurridas
como lo solían estar. Los niños correteaban despreocupados, los amigos se
echaban fotos…parecían tan ajenos a su alrededor, mas a mí me perseguía aquella
lóbrega sensación. Entramos a un café de moda, estaba un poco vacío. Mis amigos
hablaban de un brote de gripe o algo que estas navidades empezaba bastante
fuerte, la verdad es que el tema no me interesaba demasiado, últimamente había
desconectado un poco del mundo. A pesar de estar bastante acompañado, no pude
dejar mis tribulaciones de lado aquella tarde noche, así que me fui temprano
para casa. Al salir del café, parecía como si toda la gente se hubiese resguardado
en su casa. Lo que no ayudaba absolutamente nada, en que mi mal presentimiento
se disipara, “Digo yo qué será por la gripe esa… ¡qué exagerada es la gente en
esta ciudad…!” pensé tranquilizándome.
Hasta
bien entrada la noche no conseguí conciliar el sueño, los pensamientos me
atormentaban. De repente, un gran estruendo me despertó a eso de las cuatro y
media de la madrugada. Me levanté sofocado, sudando, en mi habitación todo
parecía tan normal, nada parecía estar fuera de su sitio, ni el más ligero y
pequeño detalle. Aún somnoliento pero con el corazón latiéndome fuerte contra
mi pecho, me asomé a la ventana. Un automóvil había impactado con el comercio
de enfrente. Aliviado y preocupado a la par, observé si había alguien en la
calle que pidiese ayuda, pero nadie parecía percatado de aquel accidente, todo
estaba tan desierto…tampoco salía nadie del coche; así que busqué mi móvil y
llamé a la ambulancia, era bastante extraño, la línea estaba colapsada.
Volví
a mirar por la ventana, ¡oh por fin! Alguien salía a duras penas de aquel
machacado automóvil, estaba como adormilado…por lo que pude ver, estaba
bastante pálido, debía haber perdido mucha sangre, tenía heridas y magulladuras
por todo el cuerpo, caminaba sumamente lento; entonces, hice algo que jamás
debí hacer. Abrí la ventana, había una brisa helada, helada y húmeda, de esas
que se te meten en los huesos, me eché un poco para atrás y comencé a llamar a aquel tipo. Fue un instante solamente. De pronto, es como si hubiese
reaccionado, como si se hubiese despertado de su letargo, aquel tipo pálido de
aspecto moribundo empezó a correr hacía mi ventana. Pegué un respingo y cerré
la ventana de un golpe, casi por inercia me escondí tras la pared. Volví a
mirar despacio por la ventana, quería seguir los pasos de aquel insólito
personaje. Había dejado de correr, se hallaba parado en mitad de la calle, de
repente cayó de bruces al suelo y comenzó a expulsar un extraño líquido
negruzco por la boca. Sinceramente, me acojoné en aquel momento, ¿qué le
estaría pasando? ¿Necesitaría de mi ayuda, y yo, en un ataque de miedo
irracional, atormentado por ideas absurdas, no había sido capaz de bajar a la
calle a ayudarlo? Salí de mi ensimismamiento, y miré de nuevo hacia la calle,
el muchacho ya no estaba.
Sin
pensarlo y aún en pijama bajé deprisa a la calle, miré de lado a lado, no había nadie, todo estaba absolutamente muerto y un silencio sepulcral reinaba
en la ciudad. Los semáforos se tambaleaban por el viento, al igual que las lucecitas
que se acostumbraban a poner en navidad, y algunas de las farolas colindantes
tintineaban, ¡ahora si qué no entendía nada! ¿Dónde estaba todo el mundo? Vale,
eran las cinco de la mañana, pero a esa hora solía haber coches y viandantes
que comenzaban su jornada laboral, o algún borracho que llegaba ahora a su
casa. Pero aquella noche, no había absolutamente nadie.
Cuando
ya me di por vencido, y me disponía a subir de nuevo a casa, el hombre apareció
de la nada. Me di la vuelta y lo observé. Tenía rastros de vomito negro por la
boca y el cuello, su rostro era de un color canela pálido, aún tenía sangre
chorreándole por la cara y el cuerpo bastante destrozado, parecía que intentaba
decir algo, o simplemente murmuraba palabras sin sentido. Caminaba lento, casi
parecía que le costaba trabajo mover su propio cuerpo, hasta tal punto que más
bien parecía que iba arrastrando sus piernas en vez de moverlas para caminar.
Estaba
a una distancia considerable de mí, pero cada vez se acercaba más y más,
mientras yo me hallaba ahí de pie, sin moverme. Había momentos en que parecía
que le daban pequeñas convulsiones, y estiraba el brazo hacía dónde yo estaba,
como un vago intento por alcanzarme o pedirme ayuda. Cuando estuvo lo bastante
cerca logré verle su mirada, sus ojos inyectados en sangre, pupilas diminutas y
su iris enrojecido también.
Intente
huir, pero mis piernas no reaccionaban a la orden que le mandaba mi cerebro.
Estaba paralizado. Sin previo aviso, un disparo brotó del silencio y le dio de
lleno en la cabeza, pude percibir hasta los trozos de cerebro y carne saliendo
por los aires, “CORRE” se escuchó de entre la oscuridad, y sin que me diese
tiempo a procesar la información, salí corriendo como alma que lleva al diablo
hacia mi casa. Estaba nervioso, demasiado. Se me cayeron las llaves y no lograba encontrar la
correcta, abrí y cerré de un portazo. Apoyé el cuerpo contra la puerta, y me
desplomé. Allí estaba yo, un hombre adulto agachado junto a la puerta de su
casa, con un montón de interrogantes en la cabeza, respirando entrecortadamente,
asfixiado por la carrera y aún en shock por lo que había sucedido.
Volví
en sí, me levante de un respingo, y sin saber muy bien que hacía aún, empecé a
rebuscar armas en mi casa. ¿De quién era aquella voz? ¿Quién observaría la
escena desde su ventana con una escopeta cargada? ¿Qué sabían los demás que yo
no supiese? Apagué todas las luces y rejunté todas las armas que pude en la
mesa del salón, había cuchillos, navajas, un machete, una daga (que compré en
un viaje a Toledo) y cogí hasta la carabina de aire comprimido y el tarro con
perdigones. Observé rápidamente mí alrededor, ¿Qué más podría utilizar como
arma? No tenía ni idea, no obstante, ya tenía demasiadas…a decir verdad nunca
sería demasiado, pero debía prevenir una rápida y ligera huida en caso de
emergencia. Espera. Todavía no sabía ni lo que estaba pasando y por primera vez
se me ocurrió poner la televisión. Estaba en todos lados, en todos los canales.
“Las autoridades, aún no saben qué
es, se recomiendan no salir de casa, no salir de casa…en el caso de tener que
salir, llévense puesta una mascarilla y guantes, toda protección es poca…”
“Una extraña enfermedad,
proveniente de un hombre que viajó a la india recientemente…”
“Los hospitales Virgen del Rocío y
Virgen Macarena de Sevilla han sido puestos en cuarentena al igual que el Virgen
de la Victoria de Málaga…”
“No deben preocuparse todo está
controlado”
“Es un castigo de nuestro Señor,
algo diabólico entra en el cuerpo de los pecadores, es el inicio del
apocalipsis”
“Estábamos allí, sí allí, de pronto
vino una mujer, que si, era una mujer pero, parecía como si hubiese sufrido un
accidente, una enfermedad o algo, tenía la cara descompuesta y los ojos rojos, de pronto se abalanzó sobre
aquel otro tipo, era increíble ¡le mordió! Sí, sí, le mordió, ¡le arranco el
brazo a mordiscos! Era como si tuviese la rabia o algo raro”
“De pronto empezó a echar espuma
por la boca, yo estaba en un banco de la calle y lo grabé todo”
“Está extraña enfermedad se propaga con suma
rapidez, pero se ha descartado que se transmita por el aire…”
“Parece ser que solo se ha
detectado en unas pocas localidades del sur, las autoridades han cercado toda
la zona infectada, perímetro de seguridad lo llaman, una especie de frontera
bordeando toda Andalucía, para prevenir que se extienda al resto de la
península”
“No se han detectado casos en otros
países. El gobierno ya se ha puesto en contacto con el primer ministro de la
India”
“Noticia de madrugada: todos los
vuelos provenientes de ciudades andaluzas o con destino a estas, han sido cancelados,
al igual que la red ferroviaria y la red de autobuses, así mismo se cancela
también el transporte público entre ciudades por el alto riesgo de
infección”
Apagué la televisión. No podía creer lo que estaba viendo y escuchando, no podía creer
lo que estaba pasando. Cogí una gran mochila de campamento y empecé a meter
provisiones, toda la comida envasada que tenía en casa, a llenar de agua distintas
botellas… aquel día no había comprado el pan… ¿el pan? ¿¡Acaso era ese el
momento de pensar en si había o no comprado el pan aquel día!? Es curioso como
las personas se ponen a pensar en semejantes tonterías en momentos de
pavor. Además de pensar en esas
tonterías, andaba de un lado para otro de la casa, haciendo cosas sin saber el
porqué, entonces, ¡ARG! le propine una patada a la pared y fui al cuarto de
baño, me enjuagué la cara con agua fría. Debía de pensar con calma, con
frialdad. Aún no eran ni las seis de la mañana. ¿Qué debía hacer? ¿Construir un
fuerte en mi piso? ¿Huir? Pero... ¿huir a dónde? Mi familia no estaba en
aquella ciudad.
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