A
la mañana siguiente, un estruendo familiar les despertó, sonaba como un avión o
un helicóptero. Abrieron la puerta sin pensarlo y allí estaba, un gran
helicóptero intentaba aterrizar en una llanura cercana. Salieron con las armas
en la mano, Abraham que, la noche anterior se había puesto uno de los uniformes
de soldado que allí se habían dejado, se hizo pasar por uno de ellos
acercándose al helicóptero.
-¡Eh,
eh, eh! –Gritaba.
El
conductor paró el motor y se bajo.
-Soy
el suboficial Alarcón, ¿está aquí la brigada de paracas?
-Cállate
la puta boca, vas a sacarnos de aquí a mí y a los demás o te mato poco a poco
pegándote tiros por todo el cuerpo. Y no quieras saber por dónde voy a empezar.
–Abraham hizo señales a los demás y corrieron hacia el helicóptero
-¿Quienes
sois vosotros? –Preguntó el suboficial sin entender nada.
-Somos
amigos del oficial Ramírez por desgracia ha muerto, como todos los demás.
Mientras
hablaban una multitud de infectados se abalanzó hacia ellos.
-¡Corred,
joder corred!
Siguieron
corriendo hasta el helicóptero. El conductor fue el primero que corrió, Abraham
fue detrás de ella apuntándole con el arma.
-Ya
puedes encender el motor y llevarnos a todos a donde sea carbón. –Le ordenó y
el suboficial obedeció.
Pero
uno de los zombis pillo por sorpresa a Cris del brazo.
-Cris,
Cris, –La llamo David, parando de correr y yendo en busca de Cris. La agarró de
la otra mano y tiro de ella hasta él con fuerza. Consiguió dispararle a los zombis
ganando el tiempo suficiente como para alcanzar el helicóptero que ya estaba en
marcha.
Cris
se miró hacia si mientras corría. “todo
aquel que esté contaminado, ya está perdido”. Esas palabras retumbaban su
cabeza, de pronto se frenó en seco, David tiraban en vano de ella.
-Corre,
corre, que se van sin nosotros. –Le gritaba.
-No,
yo no iré. Ya estoy condenada. –Le enseñó a David la gran mordedura que tenía
en el brazo izquierdo. David entonces comprendió, y con toda la pesadez de su
corazón le soltó la mano suavemente y la dejo allí. No podía evitar que las
lágrimas resbalasen por sus ojos.
Finalmente
el helicóptero despegó dejando aquel infierno tras de si. David no quiso mirar
atrás, en parte porque sabía que la escena que le esperaba era aun más dolorosa
que cualquier a de las enfermedades que había en el mundo.
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