sábado, 30 de septiembre de 2017

Última parte

A la mañana siguiente, un estruendo familiar les despertó, sonaba como un avión o un helicóptero. Abrieron la puerta sin pensarlo y allí estaba, un gran helicóptero intentaba aterrizar en una llanura cercana. Salieron con las armas en la mano, Abraham que, la noche anterior se había puesto uno de los uniformes de soldado que allí se habían dejado, se hizo pasar por uno de ellos acercándose al helicóptero.
-¡Eh, eh, eh! –Gritaba.
El conductor paró el motor y se bajo.
-Soy el suboficial Alarcón, ¿está aquí la brigada de paracas?
-Cállate la puta boca, vas a sacarnos de aquí a mí y a los demás o te mato poco a poco pegándote tiros por todo el cuerpo. Y no quieras saber por dónde voy a empezar. –Abraham hizo señales a los demás y corrieron hacia el helicóptero
-¿Quienes sois vosotros? –Preguntó el suboficial sin entender nada.
-Somos amigos del oficial Ramírez por desgracia ha muerto, como todos los demás.
Mientras hablaban una multitud de infectados se abalanzó hacia ellos.
-¡Corred, joder corred!
Siguieron corriendo hasta el helicóptero. El conductor fue el primero que corrió, Abraham fue detrás de ella apuntándole con el arma.
-Ya puedes encender el motor y llevarnos a todos a donde sea carbón. –Le ordenó y el suboficial obedeció.
Pero uno de los zombis pillo por sorpresa a Cris del brazo.
-Cris, Cris, –La llamo David, parando de correr y yendo en busca de Cris. La agarró de la otra mano y tiro de ella hasta él con fuerza. Consiguió dispararle a los zombis ganando el tiempo suficiente como para alcanzar el helicóptero que ya estaba en marcha.
Cris se miró hacia si mientras corría. “todo aquel que esté contaminado, ya está perdido”. Esas palabras retumbaban su cabeza, de pronto se frenó en seco, David tiraban en vano de ella.
-Corre, corre, que se van sin nosotros. –Le gritaba.
-No, yo no iré. Ya estoy condenada. –Le enseñó a David la gran mordedura que tenía en el brazo izquierdo. David entonces comprendió, y con toda la pesadez de su corazón le soltó la mano suavemente y la dejo allí. No podía evitar que las lágrimas resbalasen por sus ojos.
Finalmente el helicóptero despegó dejando aquel infierno tras de si. David no quiso mirar atrás, en parte porque sabía que la escena que le esperaba era aun más dolorosa que cualquier a de las enfermedades que había en el mundo.


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