domingo, 10 de septiembre de 2017

Sexta Parte

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Serían alrededor de las 5 de la mañana. Estábamos en la parada del autobús cuando vimos unos cuatro coches de nacionales pasando a toda leche.
-Se ha tenido que montar una buena –Comenté.
Luego volvimos a ver otros tantos coches.
-Se ha liado el taco por algún lado, habrá sido algo bastante gordo, ya van unos ocho coches de polis. –Dijo mi colega.
Cuando cogimos el bus nos dimos cuenta de que una de las calles estaba cortada. Dimos un buen rodeo para esquivarla. Un camión de bomberos se dirigía hacia la escena. La gente del bus se agitó, estábamos perplejos. ¿Qué habría pasado? O más bien ¿qué estaba pasando?


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El barullo de la multitud enmascaraba cualquier otro sonido del ambiente. Las tiendas se halaban llenas de personas impacientes en busca del regalo perfecto (o económico) para navidad. Los niños hacían cola para echarse fotos con los duendes y sentarse a pedir deseos en las rodillas de papá Noel. Los jóvenes y no tan jóvenes, no paraban de echarse fotos con el gran árbol de navidad. Los trenes entraban y salían con pasajeros cargados de esperanzas, ilusiones, dramas o alegrías. Sus familiares los esperaban impacientes con ojos alumbrados. Era sin duda alguna, la típica estampa navideña protagonista en la el centro comercial y estación de tren de Vialia.
Me quedé embobada a un escaparate de ropa, ¡Dios los precios hoy día estaban por las nubes! Escuché un poco de ajetreo,
-¿Qué pasa? –Me dije a mi misma en voz baja.
A un muchacho parecía como si le estuviese dando un ataque epiléptico o vete tú a saber el qué. Todas las personas de alrededor se pararon en seco. Su acompañante no paraba de preguntar qué le pasaba, pero no obtuvo respuesta alguna. “Tampoco parecía que el muchacho pudiese contestar sinceramente” pensé. Lo agarró entonces por los brazos y éste le vomitó directamente en la cara una sustancia negruzca. Era realmente asqueroso. La chica empezó a gritar y los guardas de seguridad tomaron parte en el asunto. El chico se desplomó de repente. Alrededor de todo esto se había formado ya un corrillo de cotillas habituales entre los que yo...podía realmente incluirme.
Empezaron a reanimar al chico haciéndole el RCP. Pero lo más insólito de aquel día, llegó ahora, cuando una mujer apareció de la nada, arrancándole de un bocado la mano al señor que se hallaba cotilleando la escena (como yo) a mi lado.
De pronto todo se vio envuelto en gritos y más gritos. La sangre de aquel hombre caía a borbotones por todos lados, salpicándome a mí y a otros de alrededor. La mujer escupió literalmente la mano para seguir mordiendo como un animal carroñero aquel pobre anciano. Los guardas dejaron entonces al chico tirado en el suelo para intentar someter a la mujer. Pero mientras lo hacían el chico resucito, aún casi más enrabietado que la mujer, mordiendo y atacando de esta manera a todos los que se hallaban a su alrededor, algunos confiados grababan la escena con móviles o cámaras. La avalancha de gente que corría hacia todas las direcciones también empezó a ser numerosa. Mas algunos eran como yo, que perplejas y debido al miedo no podían mover ni un ápice de su cuerpo en un vano intento de huida.

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-Mi pistola, ¿dónde estaba mi pistola? –Grité mientras continuaba forcejando que aquel loco endemoniado. De repente la divisé. Estaba a unos cuantos palmos de mí. Aquel muchacho me apretaba con fuerza, intentando agarrarme para morderme.
Intenté con todas mis fuerzas llegar hasta ella, estaba tirado en el suelo, y no había Dios que quitara al maldito ese de encima mía.
- ¿Dónde estaría Juan? –Pensé en voz alta.
Apreté los dientes y le metí una patada en el estomago con fuerza. Pude quitármelo de encima unos instantes, tiempo suficiente para arrastrarme  a coger mi arma. Le metí dos tiros en el pecho con los que se tambaleaba, y finalmente un golpe de gracia en mitad de la frente. Creo que era la primera vez en veinte años que llevaba de policía local que disparaba aquella pistola contra algo.
Solo habíamos salido Juan y yo, ha hacer la ronda habitual por el barrio, cuando de repente esa cosa proveniente de la nada se nos abalanzó.
Avisé ahora a todas las unidades para dar parte a lo sucedido.
-¡Oh, madre de Dios! –Exclamé. Acaba de encontrar muerto a mi compañero en el otro lado de la calle. Lleno de mordiscos. Solté el walkie y me apresuré sobre él.
Le tomé el pulso, aún lo tenía y su respiración parecía muy leve. Pedí de inmediato una ambulancia.
¿Qué clase de locura o enfermedad tendría la cosa que acaba de matar?


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