lunes, 4 de septiembre de 2017

Quinta Parte.

Aquella noche llovió, me subí la cremallera hasta arriba, hacía bastante frío. La humedad se notaba calando por debajo de la ropa. Me frote las manos y mire a través de las rendijas de las viejas persianas. Las gotas de lluvia impactaban ferozmente contra el suelo. De vez en cuando me daban aquellos arrebatos filosóficos, me daba por reflexionar sobre todo lo que estaba pasando. Como ya no había vuelta atrás, como tocaba mirar hacia el futuro, como más que nunca, habíamos dejado de vivir, para poder sobrevivir…Despejé aquellos pensamientos y empecé a tararear en voz baja. Salí despacio de la pequeña oficina y exploré el lugar. Me acerqué hacia la puerta por la que habíamos entrado, no me fiaba mucho de ella, así que, busqué por todos lados, y logré encontrar una barra de hierro de lo que parecía la pata de un escritorio de metal.
Era muy raro, a decir verdad, que no hubiese nadie allí, el sitio reunía todas las condiciones para ser un buen fuerte anti-zombis. Más allá de donde estábamos nosotros, había otro módulo, a partir de allí estaban las celdas de la cárcel. “Mejor no acercarme allí” pensé.
De vez en cuando, volvía a escucharse aquellos gruñidos, pero maldita sea, ¿dónde estaría el resto de la población? ¿Es más, dónde se escondían los zombis cuando no se les veía? ¡Ya no sabía si estaba en una ciudad infectada o en una ciudad fantasma! «Estarían comiéndose a las personas que se esconden…» La verdad es que esa hipótesis era bastante floja, pero me autoconvencí. Volví a la oficina y observe a ambas chicas.
“Que cara de buena tiene Belén mientras duerme la muy….” sonreí. Miré a Cris, era tan hermosa, le aparte el pelo de la cara. ¿Si no hubiese habido esta epidemia nos hubiésemos conocido? Tal vez me habría topado con ella más de una vez y ni si quiera me había fijado en que existiese. Me recosté a su vera, con la mirada fija en el techo de la habitación. Mañana…mañana sería otro día.
-Hace unos días que no vemos polis haciendo guarda…–Comentó Cris.
-¿Si? De donde yo vengo venia huyendo de zombis…de soldados…de zombis soldados… de todo. Hasta de personas. La gente, los pocos que quedan con vida se han vuelto todos locos. –Contaba Belén.
-¿Ya es de día? –Le tape la boca de inmediato al tiempo que le hacia una señal de silencio, se empezaban a escuchar pasos. Le pase su arma a Cris. Belén y yo cogimos las nuestras. Hubo un disparo en la oficina de al lado. Nos agachamos escondiéndonos debajo de un escritorio. Se volvieron a escuchar disparos. Ya podían verse unas siluetas justo en delante de la puerta de la pequeña oficina, podíamos ver como el pomo giraba para abrirse la puerta, maldición pensé, anoche no la volví a cerrar. Apreté los ojos mientras apretaba los dientes “vaya cagada monumental”. La puerta se abrió. Pero Belén sin preguntar, y sin pensárselo ni un segundo disparó al pecho de aquel hombre que cayó desplomado al suelo no sin antes hacer disparar también él su arma. La bala se dirigió hacia el techo rebotando contra el cristal. Saltamos desde nuestro escondrijo y salimos huyendo de allí.
-Corred maldita sea. Pero porque has disparado aún no sabias si era bueno o no... –Le recriminé.  
-Te diré una cosa chico –Me interrumpió– no confíes en nadie.
-¿Y por qué confiar en ti? –Le seguí rebatiendo.
-Nadie dijo que yo fuera de fiar – Sus palabras fueron tan cortantes como cuchillas...
-Basta de parlotear, vayámonos, no sabemos si viene con alguien más.
En nuestra escapada vimos unos cuantos cadáveres en el suelo, algunos parecían zombis otros no. Otra bala apareció de la nada, nos separamos. Cerré la puerta de una pequeña estancia y me puse detrás de la puerta. Escuché un gemido, era como… ¿un llanto? Me volví y entonces vi algo sorprendente. Una especie de niña llorando se hallaba en un rincón de aquella habitación.
Había visto las suficientes películas de terror como para caer en el viejo truco de la niña inocente. Y siguiendo el consejo de Belén, era mejor no confiar en nadie ni nada. Le pegué un grito pero no hizo caso, así que sin acercarme demasiado dispare a ras de la jovencita, la cual de repente se dio la vuelta sacando un pequeño revólver, por suerte esquive sus balas agachándome tras una silla. Le disparé en toda la cabeza, pobre diabla. Todo se sumió en una calma de improvisto.
Ya no se escuchaban disparos, ni pasos ni nada. Salí despacito de allí, intente buscar a Cris y Belén. Mierda. ¿Dónde estaban?
-¡Eh David! –Me llamó Cris– Al parecer está cárcel no era tan segura como creíamos eh.
Sonreí aunque estaba un poco asustado. Sin venir a cuento la cárcel se había convertido en un sangriento cementerio.
-Vayamos dónde las celdas, a ver que más sorpresas esconden estas paredes, total no hay nada más que perder, y todavía no podemos salir. –Comentó Belén. Le hicimos caso.
Tal vez no fuese muy simpática y todo eso, pero la chica sabia de lo que hablaba, su compañía más allá de lo que ella opinase era útil.
Las celdas estaban completamente vacías, y la verdad no parecía que hubiese rastro de persona alguna por aquellos lares.
-Shh...Escucha. –Me dijo Cris mientras me paraba con la mano. Nos quedamos en silencio, pero no oía nada.
-¿No lo oís?
-No…–Contestamos Belén y yo al unísono– ¿Qué debemos oír? Pregunté entonces.
-Eso…
-¿Eso el qué? –Preguntó Belén esta vez.  
-Joder callad. –Contesto ella enfadada.
Era una especie de chasquido. ¿Qué coño era ese ruido?
-¡Son teclas! Alguien teclea. Viene de allí seguidme. –Nos ordenó.
Caminamos hacia aquel ruido. Venia de la última celda al final del largo pasillo. “Que oído más bueno tenia Cris para oír aquello” se le oyó murmurar a Belén.
-Eh, tú, date la vuelta despacito, con las manos en alto. –Le dijo al joven muchachito que se hallaba tecleando en un gran portátil en aquella lúgubre y húmeda celda.
-¡Eh, eh, eh no me hagáis daño no estoy haciendo nada! –Exclamó el joven un poco asustado.
-Suelta eso, suéltalo. –Le ordenó nuevamente Cris.
-Está bien, está bien, veis no tengo nada – dijo mientras se levantaba con las manos en alto.
-Bueno lo de que haces aquí es obvio, como todos esconderte…pero… ¿qué estás haciendo con ese portátil? No hay electricidad. –Le preguntó Belén.
-Funciona con una dinamo idiota. Intento ver las noticias, intento trasmitir lo que está pasando aquí.
-¿Y  qué dicen los medios de nosotros? –Pregunté uniéndome al interrogatorio. 
-No  dicen nada. Ya no se habla de ese tema, no les conviene, están planeando algo gordo, algo que hacer con nosotros. Eh ¿puedo unirme a vuestro grupo? estoy aquí solo y nada más tengo una metralleta que le robe a unos polis.
-¿Sabes cómo salir de aquí hacia un sitio más seguro… sin pasar por los núcleos zombiferos
-¿Salir como? Todos los lugares están igual…
-Queremos ir hacia los montes. Asentarnos allí. Lejos de la ciudad, lejos de esos monstruos. –Contesté arrastrando en mis palabras una gran tristeza.
-No es mala idea pero…será difícil. –De la nada se saco un mapa de la ciudad– lo robe hace unos días. –Comentó cuando se percató de que lo mirábamos extrañados– Veamos. –Puso el mapa apoyado en la pared– Por aquí no podemos ir…ni por aquí tampoco –empezó a señalar el mapa con un rotulador rojo, rodeando con un círculo los núcleos zombíferos por dónde no era conveniente pasar, tales como la comisaría cerca de dónde se hallaban, los centros comerciales cercanos o el hospital Carlos Haya– lo suyo es coger un medio de transporte equiparlo y huir hasta aquí… –Marco entonces una línea guiando el camino seguro entre círculos peligrosos– y luego ir andando o en un transporte más ligero hasta el pie de la montaña por ciudad jardín.
Se hizo un silencio pensativo entre todos los presentes.
-Me parece bien –Rompió con el silencio Belén.
-Sí, está bien trazado. Está lloviendo de nuevo, podemos aprovechar la lluvia. Son más torpes aún cuando está lloviendo. –Alegué– Podríamos conseguirlo, si no surge ningún percance.
-Podríamos no, lo conseguiremos. –Dijo rotundamente Cris.
-Está bien recojamos las cosas. Tú chaval, ¿qué medio de transporte tienes?
-¿Yo? Ninguno.
-Entonces… ¿solo tenemos una moto? Lejos no iremos los cuatro pues…
-Yo no tengo ningún medio de transporte…pero habían unos tipos rondando por aquí que tenían un todo-terreno.
-Entonces listo. –Contesté.
-Pero no sé dónde están esos tipos...
-Están muertos. –Contestó esta vez Belén.
-Ah guay…. Entonces todo perfecto. Salgamos rápido de aquí. El tiempo actúa en nuestra contra.
A todo correr recogieron las armas, el portátil, las mochilas y algunas armas de las que llevaban los cadáveres visitantes y salieron a prisa de la antigua cárcel. Allí en el otro extremo de la calle, estaba aquel todo-terreno, aún con las llaves puestas en el contacto. Se montaron y salieron cagando leches de allí.
-Por cierto, no me he presentado, me llamo Abraham. Sí gira ahí a la izquierda.
-¿Qué haces, qué haces? –Belén aceleró al máximo y arrolló sin pensárselo a un par de zombis que se tambaleaban delante del todo-terreno.
-Ya está, dos menos.
- ¡Vas a provocar un accidente! Y es el mejor medio de transporte que tenemos. –Le regañé de mala manera.
-Las calles están repletas de automóviles sin dueño. Esta ciudad está cerca de parecerse más a una ciudad sin ley, que un destino sol-playa, guapo.
Indignado refunfuñe y me tragué mis palabras.
El todo-terreno patinaba de vez en cuando, íbamos a toda velocidad sorteando a los coches que se hallaban aparcados en mitad de la carretera, contenedores y otros obstáculos…de cuando en cuando subía a la acera y atropellábamos a unos cuantos zombis de los que nos encontrábamos. Llovía fuertemente y la visibilidad se reducía bastante. Nos sumergimos en un silencio sepulcral, escuchando como las gotas de lluvia impactaban contra el cristal. De vez en cuando se oía a lo lejos, el gran escándalo que originaban los truenos,  podíamos percibir también el reflejo de lo que parecían ser relámpagos. Realmente hacía una noche de perros. Llegamos al cruce del puente de las Américas.
Al cruzar, el mundo se nos vino encima, o textualmente, los zombis se nos vinieron encima.
“Joder, joder”, no podía decir otra palabra…lo que tenía delante era demasiado para ser verdad, podría haber, yo que sé, ¿un centenar de ellos? Parecía ser una muerte segura.
Abraham se puso al volante y aceleramos todo lo que pudimos hacia el otro extremo de la calle. No podían alcanzarnos. Pero solo había zombis, ¡zombis por todos lados! Belén cogió una de las metrallas y se asomó por la ventana del techo del todo-terreno. Disparaba contra todo lo que se movía, Cris y yo hicimos lo mismo asomados cada uno por las ventanas.
De buenas a primeras, una granada salió volando explosionando contra esos seres. La explosión no fue muy grande pero se llevó por delante a unos cuantos de ellos. Trozos de cadáveres putrefactos saltaban por todos lados... miembros apuntados por la explosión. Era realmente asqueroso.
-¿De dónde ha salido eso?
-La encontré aquí en el todo-terreno. –Respondió Belén riendo.
-Bien hecho. -La alabé.
La lluvia empapaba el interior del coche. Poco a poco aquella avalancha se fue disipando entre un mar de balas perdidas y trozos de carne muerta que estallaban con cada impacto de bala, bajó la fría lluvia en aquella eterna noche que pronto llegaría a su fin.
Llegamos a la avenida Valle-Inclán, callejeando un poco por Sondalezas, José Iturbi y Albacete; y tras la persecución zombi. Tuvimos un par de incidentes más antes de llegar a Ciudad Jardín. Un coche, de unos “canis” intentó echarnos de la carretera. “Vaya por dios” pensé, “un Apocalipsis zombi con pocos supervivientes y esa clase de gente sobreviviendo, y no solo eso, si no que intentan matar a los pocos que también sobreviven”. El resultado fue que nosotros los echamos a ellos, haciendo que aquel automóvil quedara en la cuneta envuelto en llamas. Al llegar a Ciudad Jardín, la visión del río de Málaga no sorprendió. Era increíble, estaba “minado” de infectados.
Cuando llegamos al pie de la montaña, abandonamos el todo-terreno, al final usamos ese medio en todo el trayecto. Pasamos el día en una de las casas adosadas de la urbanización cercana. Tapiamos todas las ventanas y posibles entradas y nos fuimos al piso de arriba. En la puerta pusimos un montón de latas vacías, así sabríamos cuando uno de esos infectados querrían entrar.


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