jueves, 7 de diciembre de 2017

Guerra


Recuerdo perfectamente aquel día. Ese día en el que decidí separarme de todo aquello que me aferraba a mi antigua vida, para empezar otra realmente, muy distinta. Creí que aquello me llenaría. Siempre quise hacer algo por la gente, por mi país, en mis venas el valor, fluía casi a la misma velocidad que mi sangre.
Creí que mi único destino estaba allí, sin personas a quien amar, sin camino que seguir, sin futuro aparente, aquella opción se me abría paso como una luz en medio de una inmensa oscuridad. Finalmente, accedí con una sonrisa en mi rostro. Hice las pruebas, estuve bastante tiempo entrenando, obviamente, las pasé con buena nota, también las escritas. Con aquella maleta y con mi mejor aspecto marché hacía donde ahora sería mi hogar. No sé que me hizo, sinceramente coger aquella rama, pues podría haber estado en una división segura, pero no, que va, la palabra peligro me hacía la boca agua, y la adrenalina que aquello desenvolvía me entusiasmaba.
Pero ahora, ojala hubiese tenido alguien que me parase los pies, alguien que me guanteara la cara, o me dijera: ¡NO! No te vayas allá, ve a otro lugar dónde el sueldo es más o menos igual y el peligro casi mínimo.

Llegué felizmente al cuartel. Vi mi impecable uniforme sobre la litera que me habían asignado. Al día de estar allí ya me había hecho “amigo” de mis compañeros de cuarto. Y unos días después de todo el pelotón. Eran jóvenes, simpáticos, todos con las mismas o similares ideas a las mías. Había varias mujeres aunque eran minoría. Una de ellas me cautivo ferozmente el corazón.

No sé si era el aire que se respiraba allí, pero todo sabía mejor, la comida, las camas, todo tan cómodo y tan acogedor, al cabo de dos semanas, ya me había acostumbrado a aquella vida, y parecía que desde hacía años había sido la mía.  Poco a poco, esos “amigos” se convirtieron en mi familia. Y en unos meses aquella joven, en mi novia. Aquella vida parecía lo mejor...pero, acabo aquel magnifico año de entrenamiento, estudiamos mucho, trabajamos muy duro y sudores nos costaron tener el rango que teníamos.

Yo estaba en el mejor pelotón, el más eficaz de todo el cuerpo de elite del ejército español. Y tras todo esto, nos dieron un destino “fijo”, se suponía que teníamos que estar unos cuantos meses o tal vez un año, en un país que no era el mío, para defender algo que no era mi patria. En todas mis insignias yacían las palabras “el valor de servir” pero ahora mismo no sabía por quien cedía ese valor, y para que servia, si estaba a kilómetros de mi nación, ayudando a países extranjeros, en conflictos de los que no tenía muy claro si ellos eran el enemigo, o quizás lo era yo. Vigilando tierras desconocidas.
Nunca me dijeron, la realidad. Dormíamos en un pequeño cuartel, en una base norteamericana, no entendía mucho lo que se decía por allí...lo que me daba mayor fuerza era la presencia y cariño de mi novia.

A veces el amanecer se convertía en una nube negra, de polvo y humo, allí no existen los truenos, si no el sonido de las bombas al estallar. Las ametralladoras listas. Los aviones de guerra rasgando el cielo. Pero lo peor no era aquello; sino los cadáveres que se abrían paso a uno y otro lado, a uno y otro bando. Vidas perdidas congeladas en el momento de su muerte. Soldados y civiles, un mismo estatus para todos en un campo convertido en cementerio.
Disparar o morir era la ley en el terreno de batalla. Allí ya no había valor, sino supervivencia. Había días que en mi mente rondaban preguntas como…. ¿para quién he de morir mañana? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué he de matar a un soldado en mi misma situación, que tan solo está defendiendo su propia nación? Yo era el invasor aquí. ¿Cómo podré seguir, sabiendo que una de las bombas que el bando en el que estoy luchando ha matado posiblemente a centenares de civiles? Otras de las veces que luchábamos con los americanos, uno de los misiles alcanzo a varios compañeros míos, el médico no pudo hacer mucho por el mejor de todos, el que sería mi padrino de boda. Sus piernas habían quedado apuntadas junto con un brazo. El resto del cuerpo...quemaduras magulladuras...cicatrices...

La estadística iba así, si hay centenares de cadáveres...hay miles de cuerpos heridos y mutilados. El sueño que antes parecía, se había convertido en una pesadilla en cuestión de cinco meses allí. Ahora caía en la cuenta de que guerras como la de Vietnam, la  guerra del golfo etc. Eran guerras por amor a la muerte. Allí no había héroes de guerra, si no asesinos. A mi mismo no puedo llamarme héroe cuando obligado no sirvo a quien juré servir. Solo soy un mero testigo de la crueldad de las personas, y de jefes de estado, que no ven la realidad del campo de batalla. Pienso en guerras como la civil que al menos se defendía una idea, buscaba algo, un conflicto, que al menos tenía un fin....pero estas no son como aquellas. O como la segunda guerra mundial otra crueldad, pero al menos allí se intentaba parar a un/os loco/s dictador/es. Pero no, esta era por puro vicio a los conflictos y aquí soldados sin comérselo ni bebérselo se ven en vueltos en algo que nunca desearían estar involucrados, parece guay morir al recibir una bala, puede que si, pero no desearía que mi novia llevase esa carga en su alma, ni desearía que a ella le pasase algo así. Pero al firmar el contrato, firme mi sentencia de muerte, mi sentencia hacia el infierno y la pesadilla. Y eso fue lo que paso, entre mis brazos vi a la única mujer que pude amar, muriendo por una causa ajena, luchando por un país que no es el suyo y contra otro país al que, no le tenia nada en contra. Por eso hoy, ahora que he olvidado cualquier sonido ajeno a las balas y las bombas, solo pienso en morir por la misma causa que ella, y reunirme con ella en el otro infierno, o no sé...no creo que los soldados merezcamos ir al cielo. Aunque aquí en la tierra se me invada de medallas. 


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