miércoles, 14 de junio de 2017

Velocidad Límite


El semáforo se puso en ámbar. Despegué el pie del acelerador y finalmente frené totalmente mi automóvil frente al semáforo color rojo. Mi equipo de música de alta calidad estaba puesto a tope, Tamborileé con las manos en el volante impaciente que el semáforo tornase de nuevo al verde al son de mi equipo de música de alta calidad, puesto a tope. Aceleré en cuanto lo vi cambiar.

La velocidad fluía por mis venas, la adrenalina correteaba por mi interior disparándose al máximo, giré a la derecha y tras unos kilómetros me desvié hacia la autopista. Cada vez le daba más caña al acelerador; casi podía sentir la impecabilidad con la que el automóvil se deslizaba por el asfalto, incluso me parecía estar volando sobre la carretera. Mi pie no se despegaba del acelerador. Sin embargo, "Joder, que lástima" ya se había acabado el tramo de autopista y debía aminorar la velocidad. Entré de nuevo en la ciudad, aparqué, apagué el motor y me baje del auto. Empece a caminar por la acera. En mi interior había aparecido una agujero de lástima que empezaba a expandirse...no veía el momento de volver a conducir, de volver a sentir aquella sensación de superioridad, la de ser un dios del asfalto. Ninguna droga podía satisfacerme del mismo modo en el que lo hacía la adrenalina de poner frente al volante.

La espera no duro demasiado. A la mañana siguiente volví a conducir. Era una mañana un poco nubosa, quizás llovería. Pero...a mi el tiempo no iba a impedirme someterme a mi dosis diaria de velocidad. Me dirigí por tanto hacia perfecto deportivo tuneado. Podía alcanzar velocidades insólitas, quizás incomprendidas para el resto de la sociedad y las autoridades. Como el día anterior volví a coger la autopista esta vez hacía otro destino un poco más largo; de nuevo como ayer y como otras tantas veces, la adrenalina afloraba de mi interior, recorriéndome las venas y haciéndome sentir invencible. Había una extraña fuerza ajena a mi que me impedía soltar el pie del acelerador, quizá fuese esa sensación eufórica, ese chute de vida.
130...150...180...220... 

Tras unos minutos comenzó  a llover de una manera descomunal. Tal vez debía aminorar la velocidad sin embargo, aún quedaban unos cuantos kilómetros para que la autopista acabase, así que no lo hice. Pero la autopista terminó y seguí sin aminorar la velocidad, entre una vía cuya señal marcaba cien kilómetros por hora, yo iba a doscientos en aquel momento.

Y entonces, pasó lo que tarde o temprano debía pasar. Dichosa hora en la que no bajé la velocidad, dichosa hora en la que perdí el control de mi auto. Dichosa maldita hora en la que invadí el carril contrario impactando fuertemente contra un turismo que venía de frente. Reventé completamente aquel coche. Recuerdo el estruendo, el golpe sordo del metal, mi cabeza dando vuelta o siendo mi deportivo quien las daba...en aquel momento había dejado de ser dueño de mi propio cuerpo. Jamás olvidaré la forma en la que parecía estar flotando sobre el accidente. ¿Sería quizás que estaba a las puertas de la muerte? No podré olvidar nunca el rostro fugaz de esas personas cuyas vidas mi velocidad les había arrebatado en un segundo. Sus rostros mustios, sus sobrecogedoras miradas debatiéndose entre la vida y la muerte; la ira que pudieron sentir hacía mi, y la pena. En un instante me había convertido en un homicida involuntario de tres personas inocentes.

De pronto había ruido, mucho ruido, ajetreo, luces cegadoras, la desconexión, y de nuevo otra vez ese montón de personas desconocidas con batas blancas. Volvía otra vez frente a la oscura puerta del mundo de los muertos, dónde quizá me estarían esperando aquellas vidas que hacía algunas horas había segado fulminantemente. No obstante, el destino me tenía preparado un castigo, lejos de la muerte. Aquella tarde lluviosa, robe tres vidas y dejé huérfano a otra, yo acabé con las piernas amputadas y multitud de cicatrices. Jamás podré volver a probar aquella droga de la velocidad. ¿Era un conductor imprudente? Lo más seguro es que sí, en esa pompa de falso control, en mi mente yo era un conductor excelente. sin embargo, finalmente esa adicción acabo siendo mi perdición.


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